No eran cerezos











    


    











-¿Serán cerezos?
-¿Qué?
-No se dice "¿Qué?". Se dice "mande". 
-Perdón. Mande, ma.
-Te preguntaba si son cerezos. 
Mi mamá observaba los árboles pelones del parque de Yamaguchi. Eran las ocho de la mañana y el pasto estaba cubierto por una capa muy frágil de hielo. Íbamos saliendo hacia el aeropuerto, donde ella iba a tomar un avión a Madrid para después volverse a México. 
-Pues la verdad es que no lo sé. 
-Vives aquí hace un año y medio y no sabes nada. 
-Pues no tiene hojas, se ve igual que el resto. Tú tampoco sabrías la diferencia. 
-Tal vez es limón- dijo, ignorando mi comentario- o higo. Aquí se dan bien los higos. 
El taxi dobló en la esquina y se aproximó a la puerta del edificio. Cerré con llave la entrada y cargué una de sus maletas. Ella arrastró la otra. 
-No creo que sea frutal. La gente se llevaría la fruta. 
-¿Y eso qué tiene?
La verdad tampoco sabía si tenia algo de malo; lo dije por decirlo. Por llenar el silencio. Por responderle algo. Más que nada lo dije porque ya se iba, eran de nuestras últimas conversaciones, y no sabía hasta cuando volvería a hablar con ella. Al menos cara a cara. 
-Tienes razón. Podría ser frutal. 
-Aunque los árboles frutales requieren más mantenimiento, y esto es un parque público. 
Ella también lo sentía: la angustia de despedirnos. Solo en momentos de separación era un hecho concebible que mi madre me diera cierto crédito. Siempre quería tener la razón, como buena madre, incluso cuando la razón se escapaba de sus manos. Pero hoy yo era más importante. 
-¿Tienes tu pasaporte y tu boleto?
-Sí. Y tú te quedaste las fotos que te mando tu hermano, ¿cierto?
-Cierto-le dije mientras me volteaba hacia el taxista-. Al aeropuerto, por favor. 
Mi madre no me miraba; tenía su frente pegada a la ventana. Pero no era necesario que me viera, la tensión igual crecía conforme el edificio donde vivo se empequeñecía en el retrovisor. 
-Para mí tienen pinta de cerezos. 
-¿Y tú dónde has visto cerezos?
-En la tele. Y tu abuela una vez plantó alguno... No creció. Allá no hay clima para eso. 
Silencio. Se escucha la radio, pero solo un murmullo de las noticias. Se escuchan unos cuantos pájaros. Se escuchan los otros coches. 
-Creo que nunca lo he visto florear rosa. Los cerezos florean rosa, ¿no?
-No necesariamente, la flor puede salir sin color. Por el clima, cosas así. 
Silencio. Se escucha la gente en la calle abriendo sus negocios. Se escuchan varios niños corriendo hacia su escuela. Se escucha un claxon solitario. 
-Pues sí podrían ser cerezos. 
Salimos de la zona más concurrida de la ciudad. No más pájaros, no más gente, no más coches. Lo único que queda es el sonido vacío de un locutor distante. No intento remplazar el vacío. Y a lo lejos, la figura borrosa de un aeropuerto se alza. Extiendo la mano y encuentro la suya, lista para tomar la mía. El silencio continua. 
-Son catorce euros. 
Le pago al taxista, y bajamos del coche. Él baja las maletas, se sube de nuevo al taxi, y se va. Entramos al aeropuerto. Facturamos el equipaje. Nos acercamos a la puerta de embarque. 
-Yo creo que sí son cerezos. 
-Sí, yo también lo creo. 
Una lágrima alcanza el rincón más colorado de su ojo y se apresura a caer para no ser vista. 
-Ya me mandarás una foto en primavera. ¿Lo harás?
-Lo haré. 
Nos abrazamos. Sonreímos. Nos alejamos, en silencio. 

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