De los caminos a la poesía



Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
-Antonio Machado






Se diría que las calles fluyen dulcemente en la noche. 
Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto, 
el secreto que los hombres que van y vienen conocen, 
porque todos están en el secreto 
y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos 
si, por el contrario, es tan dulce guardarlo 
y compartirlo sólo con la persona elegida. 

Si cada uno dijera en un momento dado, 
en sólo una palabra, lo que piensa, 
las cinco letras del «DESEO» formarían una enorme cicatriz luminosa, 
una constelación más antigua, más viva aún que las otras. 
Y esa constelación sería como un ardiente sexo 
en el profundo cuerpo de la noche, 
o, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida 
se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre. 


De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres, 
caminan, se detienen, prosiguen. 
Cambian miradas, atreven sonrisas, 
forman imprevistas parejas… 


Hay recodos y bancos de sombra, 
orillas de indefinibles formas profundas 
y súbitos huecos de luz que ciega 
y puertas que ceden a la presión más leve. 


El río de la calle queda desierto un instante. 
Luego parece remontar de sí mismo 
deseoso de volver a empezar. 
Queda un momento paralizado, mudo, anhelante 
como el corazón entre dos espasmos. 


Pero una nueva pulsación, un nuevo latido 
arroja al río de la calle nuevos sedientos seres. 
Se cruzan, se entrecruzan y suben. 
Vuelan a ras de tierra. 
Nadan de pie, tan milagrosamente 
que nadie se atrevería a decir que no caminan. 


¡Son los ángeles! 
Han bajado a la tierra 
por invisibles escalas. 
Vienen del mar, que es el espejo del cielo, 
en barcos de humo y sombra, 
a fundirse y confundirse con los mortales, 
a rendir sus frentes en los muslos de las mujeres, 
a dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente, 
y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos 
como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca, 
a fatigar su boca tanto tiempo inactiva, 
a poner en libertad sus lenguas de fuego, 
a decir las canciones, los juramentos, las malas palabras 
en que los hombres concentran el antiguo misterio 
de la carne, la sangre y el deseo. 
Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos. 
Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis. 
En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales. 
Caminan, se detienen, prosiguen. 
Cambian miradas, atreven sonrisas. 
Forman imprevistas parejas. 


Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles 
donde aún se practica el vuelo lento y vertical. 
En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales; 
signos, estrellas y letras azules. 
Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas 
que los hacen pensar todavía un momento en las nubes. 
Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su encarnación misteriosa, 
y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los mortales.
-Xavier Villaurrutia




Si vuelvo alguna vez por el camino andado
no quiero hallar ni ruinas ni nostalgia.
Lo mejor es creer que pasó todo
como debía.
Y al final me queda
una sola certeza:
haber vivido.
-José Emilio Pacheco

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.
-Robert Frost

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